Natali Romero New York - EE.UU.

“Mi hogar, se convirtió en el espacio por el que siento afecto, en el que intercambié amor y vivencias”

Forever Young es un poco el amor al presente y otro poco a la aventura, como promesa de un futuro en movimiento. Una de mis canciones favoritas (de la autoría de uno de los seres más increíbles que hayan habitado éste planeta), y también de las predilectas de Ryan, quien descubrió cuanto le gustaba después de un encuentro furtivo del que fuí testigo en un pasillo del primer piso de la biblioteca de Huntington Station, New York. Bob Dylan hizo de Forever Young un libro para niños… un libro. Y ahi estábamos nosotros, con nuestro amor inmenso, sentados en la alfombra, aprendiendo a leer, cantando un poco. Y Julia esperaba que la nieve lo cubriera todo, inclusive las puertas de la escuela, para pasar toda la mañana en pijamas mirando por décimo quinta vez “Yellow Submarine”.
Puedo escribir una hoja sábana con diversas y múltiples fotografías que cobran vida y vuelven todo el tiempo, Lo que significó para mi ser Au Pair.
Viví durante 12 meses en Long Island, los suburbios de New York City. Mi host family (término que hoy me resulta frio y distante, Mi Familia, le sienta mejor), hizo de mi año, uno de los más maravillosos. Fui y todavía me siento parte de ese hermoso conjunto.
Julia tenía 7 y Ryan 4. Teníamos una consigna: si el viernes sentíamos que podíamos ponerle una carita sonriente a la semana, subíamos al auto, directo al 7 eleven por tres Slurpees en verano y hot cocoa en Dunkin Donuts en invierno. Julia no es amiga de las matemáticas, ni Ryan de las proteínas… aprendimos a convivir con eso también. Julia tuvo una tarea recientemente, escribir una carta a quien fuera, contándole como había pasado Navidad, Julia escribió cada palabra en español, la carta era para mí y me contaba de su nueva muñeca y del trampolín. Ryan recibió mi tarjeta navideña, la leyó para sí y para todo el que cruzó las siguientes dos semanas. Fui consciente de mi amor, y fui consciente del suyo. Pero escapó de mi asimilar el impacto que causaban en mí y que, simultáneamente, yo causaba en ellos.
Mi lectura constante, de mi experiencia como Au Pair es basta. Llegue a Estados Unidos con un millar de expectativas. Todas quedaron chiquitas, todas fueron reemplazadas por realidades mucho más grandes. Por la responsabilidad y por la independencia. Por la comunicación con el “diferente” (ahora que el diferente era yo), aprender a expresarme a mí misma, dentro de una cultura de la que no era habitual y que me enriqueció y me permitió ver, no solo cuan diverso es el mundo, sino también que tan diminutas son las fronteras.
Mi globo terráqueo se volvió un lugar mucho más accesible, donde hablo con mi gran amiga Tharien en Sudáfrica, con Nycole en Suecia y con Pricilla en Costa Rica. Blane es de Inglaterra y Laura es de Barcelona, ambos vienen a pasar su verano a Argentina (prometimos vernos al menos una vez al año).
Natalia y Ornella vivían en la misma ciudad que yo, sin embargo, nunca nos habíamos cruzado. Con Natalia festejamos año nuevo en Times Square, y quedamos atrapadas en un embotellamiento en New Jersey, en el medio de una tormenta de nieve, y caminamos reservas naturales en Pennsylvania con el mate en la mochila: Con Ornella me senté en un sillón chiquito, en un sótano en el corazón del East Village, a escuchar, tal vez, el mejor jazz del mundo, músicos de todas partes del globo que cumplían el sueño de tocar en New York.
Fui una Au Pair dedicada, y no me refiero a hacer la tarea antes de ir al parque, o frutas y verduras en cada comida. Fui dedicada por recorrer el barrio entero como la esposa de Robin Hood en Halloween, y preparar una fiesta de té al mejor estilo Alicia en el País de las Maravillas para el cumpleaños de Julia, o levantarme temprano un domingo para ver como Ryan metía su primer gol. Les aseguro! fue todo de lo más gratificante, e indescriptiblemente divertido.
Hoy sigo blogs de autores que solía leerle a Ryan y ví Alvin y las ardillas en 3D, sola… porque ya no puedo volver de ese sentimiento, forever young.
Puede que Julia y Ryan me hayan dado uno de los regalos más importantes que un ser humano es capaz de recibir: La facultad de mantenerse como un niño, mientras se crece.
Estudié con gente de todas partes del mundo. Los africanos hablan a los gritos. Los alemanes son muy prolijos. Los latinos se reconocen inmediatamente, solo conocí asiáticos tímidos, y el acento de Andalucia, de Madrid y de Galicia son completamente diferentes.
Aprendí algo invaluable. Hogar es indiferente al lugar donde uno nace o crece, donde uno vive come y duerme: es indiferente al lugar donde hablan nuestro mismo idioma o donde comen lo mismo que nosotros. Hogar no es eso. Mi hogar, se convirtió en el espacio por el que siento afecto, en el que intercambié amor y vivencias. Hogar es el auto en el que llevé todos los días a Ryan al jardín, escuchando Dave Mathews Band y los RHCP. El playground donde nos colgábamos, boca abajo, con Julia a hablar de su primer novio, Nathan. Hogar es la carpa donde dormí bajo el cielo más estrellado que vi, en Big Sur, California. Hogar es el olor a waffles que cocinaba mi Host dad, y el olor a los jazmines de la casa en la que crecí Santa Fe. Hogar es el Museo de Bellas Artes en Buenos Aires, y hogar es el aeropuerto que siempre me hace sentir que es el lugar donde debo estar en ese preciso momento. Hogar son los abrazos y hogar son los amigos. Hogar son los afectos que se mantienen cerca en la distancia.
Aprendí, también, que crecer es preciso y precioso. Vivir lejos de la patria me permitió darme cuanta cuanto la quiero, y al mismo tiempo, cuanta sed tengo por seguir trotando éste, nuestro mundo.
Crecí cuando tomé la decisión de parar por un año y alejarme de la Universidad para vivir algo completamente distinto y poco convencional. Crecí cuando no deje que me abrumaran con el cuestionamiento o con lo socialmente establecido. Crecí cuando extrañé el té con limón y miel que me preparaba mi mamá cuando me enfermaba, mientras la tormenta Juno golpeaba New York. Crecí cuando festejé Passover y el año nuevo Judío por primera vez (Mi host dad y su familia eran Cristianos y mi host mom y su familia judios), y además recibí regalos en Hanukkah y en Navidad. Crecí cuando me quite los prejuicios y los miedos. Y crecí cuando vi más realización en la aventura que en la rutina. Crecí y hoy soy muy feliz y me siento afortunada, enormemente afortunada por la experiencia que pude vivir. Porque me hizo crecer, pero también me enseñó a perpetuarme FOREVER YOUNG.

Puede que Julia y Ryan me hayan dado uno de los regalos más importantes que un ser humano es capaz de recibir: La facultad de mantenerse como un niño, mientras se crece.

Ser Au Pair es muy fácil, no te quedes sin aplicar y vivir esta experiencia inolvidable!!!

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